Los navarros que dejaron de fumar

En los últimos años, la tasa de fumadores ha caído doce puntos en Navarra. De un 31,5 % en el año 2000 bajó hasta el 19,5 % en 2017

En este descenso han influido las leyes contra el tabaco, la subida de los impuestos y la pérdida de popularidad del vicio de la nicotina. Pero en esos doce puntos de descenso hay muchas historias de personas: uñas mordidas, algunos kilos más, voces que recuperan su frescura juvenil… Te contamos algunas de ellas.  

Isabel Latasa

El tabaco le proporcionaba seguridad. “Es como un escudo”. También calmaba su ansía. “Ah, y el buen rollito”.

Probó por primera vez un cigarrillo en un campamento. Isabel Latasa tenía solo once años. Desde entonces ella y sus amigas estuvieron tonteando con la nicotina: caladas furtivas, un cigarrillo hurtado… Con catorce o quince (“segundo o tercero de la ESO) empezó a comprar con el DNI de su hermana mayor.

Isabel empezó “por lo típico”: la moda, la presión, por sentirse guay… Primero fue Marlboro, luego Camel y después, “cuando la economía empezó a apretar” se pasó al de liar.

Pero la navarra se dio cuenta de que, en vez de quitarle ansiedad, el humo le provocaba más: se enfadaba cuando no tenía tabaco, estaba enganchada, tenía que salir de las fiestas cada poco tiempo…

Fue el 4 de octubre de 2019. Un combate difícil. Isabel Latasa dejó de salir a descansar en la biblioteca, dejó de ir a las habitaciones de las chicas de su residencia. Empezó a correr. “Por las noches lo pasé muy mal. Dicen que lo peor son las dos primeras semanas. Después el efecto físico se va, pero queda el psicológico”.

Todavía le da envidia “el buen rollito”. Pero su vida ha cambiado: se siente mucho más libre y mejor físicamente. “La mañana después de una noche de fiesta no es lo mismo si has fumado o no”, admite Isabel.

Joseluís González Urbasa

Se planteó dejarlo varias veces. Sobre todo, por sus hijos. “Papá, qué peste. Qué rollo papá.” Era una dependencia. Lo dejó durante seis años y volvió a caer.

Joseluís González Urbasa fumó por primera vez con nueve años. Era Ideales, la marca más barata. Entonces era normal que los niños comprasen tabaco. “Era otra vida, era otro siglo”. De estudiante fumó Celtas, también baratillo. Y cuando empezó a ganar pasta se pasó a Camel sin filtros, un tabaco turco. “Ducados nunca me ha gustado”, reconoce Joseluís.

Fumaba para ligar, para hacerse el malote. “A mí me gustaba. Era bordear el peligro, el riesgo. Era una especie de tonto crecimiento”, explica el profesor navarro. Que no maduración. “Era entrar en la vida adulta”. Era, al fin y al cabo “un rito de iniciación”. El tabaco le proporcionaba placer, sosiego, impulso, adrenalina… Todo bueno. Hasta que se dio cuenta de que era una droga. “Una hora de clase y a fumar”, cuenta Joseluís González.

Admira a las personas que son capaces de fumar solo después de desayunar, comer y cenar, pero envidia no siente. “Es un negocio horrible”. Joseluís advierte: “Además, ahora hay un peligro que es… los putos porros”.

Desde que dejó de fumar casi todo fueron beneficios: más dinero en el bolsillo, menos peste en la boca… “Pero en un año me eché doce kilos”, afirma.

Sagrario Zulategui

No lo echa de menos. El asco que sintió aquel domingo de enero todavía perdura. No soporta que le echen el humo en una terraza.

Comenzó a fumar a los dieciséis años. Entonces fumaba todo el mundo. Fumaba unos diez cigarrillos al día. Estudió Derecho, se casó y tuvo dos hijas. Intentó sin éxito dejarlo un par de veces, ante la insistencia de las pequeñas para que abandonase aquel vicio. Sagrario estableció un pacto con sus hijas: “si vosotras coméis fruta yo dejaré de fumar”.

Las niñas no empezaron a comer fruta, así que ella siguió fumando. El primer cigarrillo era el que acompañaba el café de las once. “Me encantaba esa combinación de tabaco y café”.

El diecisiete de enero de 2005 Sagrario fue con su marido a casa de unos amigos. La comida se alargó con la sobremesa, luego merendaron y al final bajaron a por unas pizzas para cenar. “Fumando todo el rato”.

Al día siguiente era domingo. Y como todos los domingos fueron a comer a casa de la abuela (la madre de Sagrario). Después de comer empezó un café y encendió un cigarrillo. Pero le ardió la boca y no se lo fumó. “Me sabía asqueroso”. El lunes hizo una reflexión sencilla pero eficaz: “Si he estado un día sin fumar puedo estar dos”. Así lo dejó. “No me costó nada”.

No lo echa de menos. El asco que sintió aquel domingo de enero todavía perdura. No soporta que le echen el humo en una terraza. Tampoco ha notado nada, ni saborea más la comida, ni económicamente (“me lo habré gastado en otra cosa”). Lo único que ha notado es que ha reducido el consumo de café.

Francisco Javier De Julián

Su mujer había dejado de fumar en enero. Así que se apuntó a una sesión de hipnosis para dejar el vicio de la nicotina.

Empezó a fumar a los doce años. “Entonces era muy normal, se fumaba y se bebía a esa edad”. A los catorce tuvo que bajar el ritmo de tabaco porque comenzó a tocar en un grupo, Trop (demasiado en francés).

Francisco empezó Derecho y se unió a la tuna. Su consumo de tabaco y alcohol aumentó, pero nunca probó un porro. Y no le han faltado ocasiones. En las navidades del setenta y cinco viajó a San Francisco con la tuna. “En esa época estaba llena de hippies. Cantamos en un restaurante que se llamaba El Higaldo. Nos echaron mucho dinero y muchos porros ya liados”. De los cuatro El Pajas y La Pastora fumaban marihuana, pero El Cura y yo no (a francisco le llamaban Caruso por un cantante italiano).

Francisco se casó con Sagrario y nacieron sus hijas. Hicieron varios viajes a Disneyland París. El último en el verano de 2005. A la vuelta del viaje ingresaron a Francisco: había contraído la Hepatitis A, probablemente por bañarse en una piscina con una pequeña herida en el brazo. Durante aquel ingreso fumó un cigarrillo en la ventana. Alguien lo vio desde la calle y se sintió ridículo. No lo echa de menos. El asco que sintió aquel domingo de enero todavía perdura. No soporta que le echen el humo en una terraza.

Al poco de salir del hospital vio un cartel por la calle: “dejar de fumar con hipnosis”. Se apuntó. Después de una charla de veinte minutos (la charla se basaba en aquel libro de “Dejar de fumar es fácil si sabes cómo”), la terapeuta (“se llama Matilde Santos, búscala en internet si quieres”) hizo una pausa para que se fumasen su último cigarro de la vida. “Yo me fumé tres por sí acaso”.  Luego Matilde Santos les dio otra sesión, “más dura que la primera”. Y fue tocando la cabeza a todos, de uno en uno. Francisco no ha vuelto a probar el tabaco. En pocas semanas notó la mejoría en la garganta: “tenía la garganta cómo un crío”.

Mireia Escrig Llopis

El tabaco le daba sensación de estar a gusto. Siempre fumaba cuando tomaba algo. Pero ahora, mirando hacia atrás reconoce que no era una satisfacción real. “Era una esclavitud”.

Empezó a fumar después de la carrera. “Sería el año ochenta y ocho o el noventa, fue por pura situación social”. Comenzó fumando Fortuna. Compraba cigarrillos sueltos. Pero con Fortuna le dolía la cabeza, así que lo abandono por Chesterfield. Pero entonces la concepción social era diferente: “Ibas al cine y antes de la peli veías un anuncio de Marlboro en el que salía un vaquero, no había campañas contra el tabaco, la gente fumaba en los autobuses…”.

El tabaco le daba sensación de estar a gusto. Siempre fumaba cuando tomaba algo. “Me gustaba fumar”. Pero ahora, mirando hacia atrás reconoce que no era una satisfacción real. “Era una esclavitud”.

Una operación en junio de 2020 la obligó a estar ingresada varios días. Ya le habían operado antes. Conocía el proceso y sabía que no podría fumar. Así que aprovecho esa carrerilla obligatoria para dejarlo definitivamente. Tampoco le supuso mucho esfuerzo. “Sólo en los días de playa o en algún día de piscina, tomando una Coca-Cola fresquita”. Pero se impuso a la tentación. Bautizó a ese cigarrillo que le tentaba como “el cigarrillo de la mentira”. Porque “sabía que no vendría sólo, si volvía con uno volvería a fumar”.

Primero lo dejó su marido, y luego su madre. Ahora sólo queda su hija. “Pero llegará un momento en que estará tan limitado que la gente dejará de fumar”.

Jone Íñigo Barricarte

Comenzó con 14 años y se planteó dejarlo con 19 años cuando empezó a ser una carga añadida a la ansiedad que sufría.

A los 14 años cayó en la tentación aprovechando que un amigo cercano había empezado meses antes con el objetivo de sentirse aceptada socialmente y parecer mayor. En un principio, optó por comprar paquetes de la marca Camel a medias con otro amigo para fumar a solas de vez en cuando, pero la adicción fue a más. Dos años después, empezó a fumar a diario y a disfrutar de la rutina que le proporcionaba el tabaco.

La idea de dejar a un lado el tabaco llegó con 19 años cuando empezó a ser una carga añadida a la ansiedad que sufrió en aquel momento. Afortunadamente, decidió dejar a un lado aquella costumbre de forma radical y lo logró a la primera sin ningún impedimento, aunque de forma ocasional siguió fumando algún cigarro. Hoy en día, tanto a nivel psicológico plantando cara a la ansiedad de aquel momento, como a nivel físico, pudiendo ejercitarse de forma más efectiva, y nivel económico, ahorrándose los casi cinco euros diarios en paquetes, ha logrado olvidarse para siempre del tabaco y se encuentra más feliz que nunca.

Estela Gómez García

Fiel a Lucky Strike, en su familia todos fumaban y no estaba mal visto. Lo dejó con el objetivo de evitar una posible enfermedad.

Con 16 años dio las primeras caladas a un cigarro por “hacer el tonto” y presumir. Desde el primer momento le fue fiel a la marca de tabaco Lucky Strike, que en un principio le generó malestar. Un pretexto que puede justificar aquel consumo es que en su familia todos fumaban ya que en aquella época no estaba mal visto. De hecho, ella misma relata que en su infancia simulaba tener un cigarro en la boca. Aquel malestar inicial logró superarlo para convertirse en fumadora, y entonces el tabaco empezó a generarle relajación y entretenimiento.

Tras muchos años fumando, gracias a la presión familiar y con el objetivo de evitar una posible enfermedad, logró dar el paso definitivo y se despidió para siempre haciéndole una “strike” a Lucky. Para ello, se marcó una fecha clave en la que dar el paso con el objetivo de mentalizarse meses antes. Esto, sumado al libro “Cómo dejar de fumar” y una intervención médica, fue suficiente para dejar aquella adicción que llevaba años arrastrando. Hoy en día, sigue disfrutando del olor a tabaco y echando de menos un cigarro en momentos puntuales, pero el cargo de conciencia constante y la sensación de estar haciendo algo malo han desaparecido de su mente.

Francisco Mas

Lo utilizaba para desestresarse y desconectar, sobre todo en época de exámenes, pero acabó “encadenado”.

Ya a finales de la ESO coqueteó con el tabaco de forma esporádica, pero la dependencia llegó cuando cumplió la mayoría de edad en 2º de Bachillerato. Empezó siendo un acto social que le estimulaba y relajaba en quedadas y fiestas con amigos, aunque rápidamente se convirtió en una adicción. También optó por Camel en un inicio, aunque, llegada la época universitaria, apostó por la marca Virginia ya que era más barata.

En su caso, debido a la necesidad de estudiar a diario dada la dificultad de su carrera (Medicina), los cigarros le acompañaban en esas pequeñas pausas que puede permitirse. Eso sí, llegada la época de exámenes y con el aumento de estrés, el consumo aumentaba considerablemente y se sentía “poseído” o “encadenado”. Más allá del aspecto perjudicial del tabaco, lo que realmente le empujó a dejarlo fue pensar en su futuro y la importancia de alejarse de esta adicción para cumplir sus aspiraciones. Ya no le genera el mismo placer, y en momentos donde su subconsciente le traiciona utiliza los chicles para olvidarse. Desde entonces, además de una clara ganancia física, abandonar esta rutina ha aumentado su fuerza de voluntad y le ha aportado un cambio de perspectiva sobre qué quiere de Francisco en los próximos años.

Jordi Fernández Gel

Empezó por la moda, por socializar, conocer gente… Varios años después, se dio cuenta de que lo estaba pasando mal a nivel físico y que podía ir a peor.

A pesar de que desde el primer momento tuvo claros los efectos negativos del tabaco, Jordi no pudo evitar caer en la adicción a principios de bachillerato cuando empezó a ser la moda entre los jóvenes de su entorno. En sus primeros meses, como suele ser habitual, el catalán optó por el tabaco industrial de marca Marlboro, pero este hábito cambió en el momento en el que salió del colegio, ya que empezó a valorar el dinero y se dio cuenta de las cantidades que se ahorraba.

Como a gran parte de los fumadores, el tabaco le servía de herramienta para socializar con personas de su entorno en esos años de inseguridades donde todos empezamos a sentir cambios físicos y emocionales y a dudar de todo. Para dar el salto definitivo y abandonar la nicotina, no tuvo un momento concreto de lucidez, sino la suma de varios años pensando que a nivel físico estaba pasándolo mal y en un futuro podría empeorar. Este año, en vísperas de la llegada al mundo laboral, consideró que era el momento ideal para intentarlo de la mano de su novia. Ese apoyo externo, sumado al autoconvencimiento y el sacrificio de los primeros días, ha llevado a Jordi a encadenar tres meses alejado del tabaco y sentirse mejor consigo mismo.

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