Cuando los contenedores no son de basura

Rosa Echániz Ros, una navarra que ayuda mucho

A veces cuesta mucho dar. Con la pandemia, más. Cuando nos llaman de una asociación u ONG o se acercan a nosotros para pedirnos una pequeña donación, nos sale el “no tengo tiempo”, “no puedo ahora mismo, lo siento” o, directamente, no respondemos. Otras personas, en cambio, se dedican a eso. Rosa Echániz Ros, una enfermera navarra jubilada de 67 años, dirige la asociación Amigos de Ghana y lleva viajando al país africano desde 2001 para ayudar a familias y jóvenes del país africano en colaboración con las Hermanas Hospitalarias. A partir de ahí, fue un no parar. “Eso te engancha y empecé a ir cada dos años o cada año y medio. He ido quince veces ya”, cuenta Rosa.

Las monjas con las que colabora tienen dos hospitales y un centro de día para discapacitados. Uno de los hospitales, llamado San Francisco Javier porque las hermanas que lo pusieron a funcionar eran navarras, está en la localidad de Assin Fosu, al sur de Ghana a unos 170 kilómetros de Accra, la capital. “Es un hospital grande y tiene todas las especialidades salvo traumatología”, explica Rosa. El otro hospital, más pequeño, que tienen las monjas se encuentra en Dompoase, a unos 250 kilómetros al norte de la capital y a unos 160 del hospital de Assim Fossu. Rosa se comunica todas las semanas por Whatsapp con las Hermanas Hospitalarias. La comunicación con ellas no es complicada porque saben hablar español. Lo aprenden cuando van a Madrid a la casa madre de Ciempozuelos para su preparación religiosa.

Mapa de Ghana con las ubicaciones de Dompoase, Assin Fosu y Ghana

Este hospital es rural y está en un terreno acompañado del centro de día para jóvenes discapacitados y la casa de las monjas. El centro de día acoge a jóvenes de todas las edades durante el día. Los recogen por la mañana, desayunan, hacen actividades, comen y luego vuelven a sus casas con sus familiares. “En el centro de día trabajan mucho con las familias porque allí consideran a estos niños con problemas como gente cogida por los espíritus y no se les atiende bien. Con medicación, algunos pueden ayudar en casa, en el campo y, sobre todo, civilizarlos, como digo yo”, explica Rosa.

Contenedores con ropa, comida… y ambulancias

Para Rosa, ayudar, donar y conseguir que la gente colabore es un modo de vida. Ha mandado a Ghana desde comida enlatada, juguetes, bicicletas y ropa hasta camas de hospital, medicamentos y ambulancias. Sí, ambulancias. “En 2019 me dijeron que necesitaban una ambulancia, entonces pensé a ver qué hacía yo para conseguir una ambulancia para mandarla a Ghana en un contenedor, y me puse a contactar a gente”, cuenta Rosa.

Cuando una ambulancia cumple diez años de uso, no puede seguir de servicio, fue ahí cuando surgió la oportunidad de mandar una ambulancia a Ghana. “Me puse en contacto con Cruz Roja y DYA (Detente y Ayuda), metí ruido y di la caña. Entonces, resultó que DYA Navarra iba a vender dos ambulancias que habían llegado al límite establecido para su uso y pensaron en dármela para poder enviársela a la Hermanas Hospitalarias”. Esa ambulancia, prácticamente nueva con todo tipo de material y tan solo 77.000 kilómetros, según Rosa, se mandó al hospital general de las hermanas en Assim Fosso.

Cuando una ambulancia cumple diez años de uso no puede seguir de servicio, por lo que surgió la oportunidad de mandar una a Ghana. Autor: Amigos de Ghana.

La segunda ambulancia que logró enviar fue donación de DYA Gipuzkoa. “La segunda ambulancia era más vieja y no estaba equipada, pero lo bueno es que era 4×4, por lo que venía muy bien para las carreteras de allí”, asegura Rosa. Esta segunda ambulancia todoterreno se mandó al hospital rural y al centro de día de Dompoase.

Enviar un contenedor cuesta 3.600 euros, por eso es importante meter todo lo posible y, sobre todo, cosas esenciales que no puedan conseguir allí. “Cuando estamos preparando un contenedor, voy a los hospitales para comprobar qué les sobra. Doy mucha vuelta para ver qué puedo conseguir. Lo primordial, al mandar un contenedor, es lo esencial. Si es para mandarles un contenedor con solo ropa y juguetes, entonces es mejor mandarles directamente el dinero para que lo compren allí”, explica Rosa. “Aparte de las ambulancias, también hemos llegado a mandar camas de hospital, colchones, medicamentos, y frigoríficos, además de juguetes, ropa y comida enlatada”. 

Rosa ha mandado cinco contenedores a Ghana en colaboración con Ayuda Contenedores, una ONG de ayuda humanitaria encargada de poner los medios necesarios para mandar estos contenedores a multitud de países. Intentan aprovechar todo tipo de material desechado que todavía se encuentra en un estado utilizable. Esta organización cuenta con varias naves donde almacenan todo lo que reciben y posteriormente lo meten en los contenedores rumbo a los destinos en necesidad.

Mandan de todo, pero las bicicletas siempre tienen una presencia importante en los envíos. De hecho, Ayuda Contenedores cuenta con sus propios mecánicos voluntarios que arreglan bicis todos los días para ponerlas en buenas condiciones. “En cada contenedor metemos entre veinte y treinta bicis”, afirma Eduardo Unca, uno de los mecánicos que lleva ocho años colaborando con la ONG.

Ayuda Contenedores cuenta con sus propios mecánicos voluntarios que arreglan bicis todos los días para ponerlas en buenas condiciones. Autor: Víctor Riancho.

Una granja de cerdos

La pandemia hizo que el viaje de Rosa a Ghana en 2020 se suspendiera. La última vez que estuvo en el país africano fue en 2019. Esa vez surgió un proyecto que a Rosa le sorprendió: “Las hermanas nos dijeron que querían montar una granja de cerdos. ‘¿Cómo que de cerdos?’ , les pregunté. Entonces me explicaron que el cerdo tenía buena salida en Ghana y que, por tanto, pensaban que podían sacar dinero para el centro de día y los hospitales”. El dinero no abunda y toda entrada de dinero o medios es bienvenida. El centro de día está sostenido por cuatro familias de los 58 jóvenes que acuden al centro, la asignación de las hermanas y otras donaciones. Hay limitaciones obvias. “También querían la granja para tener más actividades para los chavales, así aprenden a tratar con animales y a cuidar de ellos”, añade Rosa.

La granja porcina no se podía construir por arte de magia. Hacía falta dinero, pero ¿de dónde lo sacarían? Ahí entraba en juego la voluntad de Rosa para buscarlo y la solidaridad de otro actor: la ONG de Volskwagen Navarra Salario Solidario. Esta iniciativa financia proyectos de todo tipo que necesiten ayuda económica. Empleados de Volskwagen donan parte de su salario y se va acumulando una cantidad de dinero que posteriormente se desembolsa en este tipo de proyectos. Rosa presentó el proyecto a Salario Solidario y concedieron 10.300 euros para la granja de cerdos de las monjas en Ghana, cantidad a la que se adaptaron para su construcción. La obra ya está en marcha.

La ONG de Volkswagen, Salario Solidario, concedió 10.300 euros para que Rosa comenzase a construir esta granja de cerdos en Ghana. Autor: Amigos de Ghana.

La educación, ayuda fundamental de Rosa

Esta mujer navarra también es clave para que algunos jóvenes ghaneses puedan tener una educación y un desarrollo profesional. Hace “mucho tiempo”, Rosa se comprometió a pagarle los estudios al hijo de nueve años de un chófer que conocía de allí. Ahora, ese joven ha terminado su segunda carrera. En Amigos de Ghana tienen a 58 jóvenes apadrinados, de los cuales varios han terminado estudios universitarios y formaciones profesionales en el país africano. En secundaria tienen a nueve y el resto están en primaria. “Hay jóvenes muy inteligentes, pero si no se les ayuda no pueden estudiar. Allí están como hace ochenta años aquí, estudia el que tiene dinero”, explica Rosa. El sueldo medio en Ghana es de unos 1900 cedis, equivalentes a 270 euros, aproximadamente. Según Rosa, un buen sueldo allí es de 200 euros, pero eso no es suficiente para estudiar. “La matrícula en la universidad son 1200 euros por curso. Si quieren una buena base, deben ir a la educación privada, por eso sin ayudas es imposible que estudien. Hay gente muy inteligente, merece la pena”, afirma Rosa.

 “Hay jóvenes muy inteligentes, pero si no se les ayuda no pueden estudiar. Allí están como hace ochenta años aquí, estudia el que tiene dinero”

Para Rosa, ayudar es una satisfacción enorme. “Desde que viajo allí soy consciente de lo privilegiados que somos aquí y con qué poco uno puede ser de gran ayuda allí. Yo no me privo de ir al cine o de ir a cenar por ahí para mandarles dinero. Es decir, a mí no me resta y además sumo allí”, asienta Rosa. Afirma que está en una buena situación económica, con una buena pensión y que no se priva de caprichos. Es un esfuerzo “relativo” que le llena de satisfacción.

“Yo a una excompañera de trabajo, cuando me decía que no podía ayudar, le decía: “Vamos a ver, ¿tienes para vestir? ¿Tienes para comer? ¿Tienes para caprichos?”, y me respondía que sí, ¿entonces? Aquí veinte euros no son nada y allí es mucho —explica Rosa —. Además, cuando uno va allí le ofrecen de lo poco que tienen para comer cuando ellos son los que van justos. Te dan mucho más de lo que tú das. Quizás el fallo que tienen allí es que no saben ahorrar. Viven absolutamente al día. Aquí uno piensa en cosas del futuro, viajar, comprar un coche, por ejemplo, y el presente se te acaba pasando sin vivirlo. Aprendes de su manera de vivir”, cuenta Rosa, que tiene el deseo de vacunarse para volver a Ghana en cuanto pueda.

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