Sí, quiero, aunque sea en pandemia

“En Pamplona casi todo el mundo se casa en San Lorenzo, mejor pregunta allí.” La indicación de aquel sacerdote nos condujo hasta esa iglesia. Tenían 84 bodas previstas antes de la pandemia. Al final sólo se celebraron 26. Hablamos con cuatro de esos matrimonios que decidieron seguir adelante a pesar de tener que renunciar a la boda que habían imaginado. También hablamos con una pareja que se va a casar en verano. Misa, banquete, baile, luna de miel… Todo cambia en la época del covid. Pero ninguno se arrepiente… de momento.

Silvia y Álvaro

Tras 13 años de noviazgo, se casaron el 28 de noviembre en la capilla de San Fermín.

“Estamos muy contentos con la decisión ­-explica Silvia- lo repetiríamos sin duda”. “De hecho, -añade Álvaro­­- nosotros animamos a nuestros amigos a que se casen”

Silvia Arranz y Álvaro Igartua se conocieron en segundo de carrera. En junio de 2019 se comprometieron para casarse en mayo de 2020. Pero todo se retrasó. Les ofrecieron varias fechas alternativas, “y como vimos que la cosa iba para largo elegimos el 28 de noviembre”, afirma Silvia.

Ella trabaja de profesora de infantil y él es aparejador. Empezaron a salir hace 13 años. El cambio “no supuso un drama”, dice Álvaro. La ceremonia religiosa pudo celebrarse de forma casi normal. “La capilla de San Fermín es grande, y pudieron venir nuestros amigos, estuvimos súper arropados”, explica Silvia.

Luego comieron en el hotel Tres Reyes en petit comité: padres, hermanos y sobrinos. Acababan de abrir las terrazas, pero no era factible organizar una comida al aire libre: además del frío de noviembre, ni se plantearon entrar en el “a quién invitar y a quién no”. Como no se podía comer en los interiores de los restaurantes, fue necesario que se alojaran en el hotel Tres Reyes para poder comer allí. “Nos hicieron un precio magnífico para las habitaciones. La verdad es que nos trataron muy bien. Estamos muy contentos” dice Álvaro.

Don Javier, el párroco de San Lorenzo, preparó la capilla para que se pudiera retransmitir en directo por YouTube. “Pudieron seguirnos familiares y amigos desde Estados Unidos, Zaragoza, Andalucía, nos mandaban fotos… fue muy emotivo” dice Silvia.

Comieron en el Hotel Tres Reyes en petit comité: padres, hermanos y sobrinos.

Habían planeado un viaje de novios a Namibia: iban a cruzar el país en un todoterreno por su cuenta. Al final se fueron a Lanzarote y Formentera doce días y aquello fue “el paraíso”, asegura Álvaro. “El tema de luna de miel lo tenemos más que cubierto”, añade. Es una decisión muy personal, aquí ambos coinciden en que depende mucho de lo que signifique el matrimonio para ti. “Para la juerga siempre hay tiempo”, dice Álvaro.

“Estamos muy contentos con la decisión ­-explica Silvia- lo repetiríamos sin duda”. “De hecho, -añade Álvaro­­- nosotros animamos a nuestros amigos a que se casen”. Los dos tienen treinta y tres años y es época de bodas. Muchos amigos suyos han pospuesto su boda. Pero ellos están convencidos de su decisión.

Justo el jueves previo a la boda abrieron las terrazas. Y las cuadrillas se fueron a comer por grupos. Pero todavía queda pendiente la celebración. Así como la luna de miel se zanjó con aquella escapada, la celebración sí se ha pospuesto.

Carmen y Juan

Carmen De Pablos: “Hemos quedado en que, si tenemos hijos, celebraremos el primer bautizo a lo grande”

Para la celebración dividieron las comidas: el sábado anterior a la boda comieron con la familia de ella. Y, después de la boda, se fueron a comer con sus familiares cercanos y los testigos

Carmen De Pablos y Juan Montero se conocieron en ICAI, estudiando ingeniería en Madrid. Él es de la capital, y ella de otra capital: la de Navarra. Empezaron a salir en primero de máster, y se comprometieron en septiembre de 2019, para el 23 de mayo de 2020.

Cuando estalló la pandemia, esperaron hasta semana santa para decidir sobre la fecha. Terminó la pascua y la situación no tenía visos de mejorar, así que la retrasaron hasta octubre. El problema era que el día 11 era domingo, y en San Saturnino había misas programadas. Por suerte, encontraron un hueco en San Lorenzo entre misas. El once de septiembre, un mes antes de la boda, se redujeron los aforos en Navarra. Aun así, pudieron ir a la misa setenta personas, todas con mascarilla, menos los novios.

Como no pudo asistir el DJ, después de la comida pusieron una lista de Spotify.

Para la celebración dividieron las comidas: el sábado anterior a la boda organizaron una comida en el hotel Tres Reyes con la familia de ella. Ese fin de semana habían cerrado Madrid y las abuelas de Juan no pudieron venir. Al día siguiente fue la boda. Después de la misa se fueron a comer a Bodegas Otazu, con sus familiares más cercanos y los testigos (sus amigos más íntimos).

Después de la comida, como no había podido ir el DJ, pusieron una lista de Spotify. Había barriles, y estaba permitido un grupo de seis personas por barril. Pero no se podía ir a la barra a pedir: el camarero llevaba las copas hasta los barriles. Carmen bailó con su padre y con Juan con la sonrisa al descubierto: “Había un vacío legal con las mascarillas de los novios”.

La luna de miel también cambió: primero iban a ir a Japón, pero Asia se cerró la primera, así que pensaron en África y organizaron un viaje de dos semanas a Sudáfrica y la isla Mauricio. Pero Sudáfrica también se cerró, así que viajaron una semana a Lanzarote. Carmen explica que “estuvo genial, íbamos con mentalidad de disfrutar, alquilamos un barquito…”.

Fue una boda diferente de la que habían pensado. Incluso de la que habían planificado. Pero, según Carmen, “repetiríamos 100 %”.

De momento no planean hacer otras celebraciones adicionales. “Eso sí, -dice Carmen- hemos quedado en que, si tenemos hijos, celebraremos el primer bautismo a lo grande”.

Andrea y Francisco

Cuando empezó la pandemia, Andrea se negaba a cambiar de fecha, pero en abril fue inevitable.

Después de tres años juntos y dos intentos frustrados, Francisco le pidió matrimonio a Andrea. Cuando empezó la pandemia, era ella la que se negaba a cambiar la fecha.

Andrea Senosiain es de Pamplona y trabaja como analista de datos en Madrid. Allí se fue después de acabar la carrera. Cursó un máster en Derecho de la Empresa y en una fiesta le presentaron a Francisco Poleo, un venezolano que trabaja de informático en el banco Santander.

El 30 de marzo de 2019, después de tres años juntos y dos intentos frustrados, Francisco le pidió matrimonio a Andrea en el Parque El Capricho. Se comprometieron para junio del año siguiente.

Cuando empezó la pandemia, Andrea se negaba a cambiar la fecha. Pero en abril fue inevitable. Andrea reconoce que “fue un acierto, porque no se permitió salir de Madrid hasta el veintidós de junio, así que no podríamos haber llegado a Pamplona para la fecha fijada”. Por suerte, la nueva fecha, el día doce de septiembre, fue el último fin de semana que se pudieron celebrar bodas con cierta normalidad.

La boda iba a ser en San Lorenzo, pero cuando cambiaron de fecha también cambiaron de iglesia: la nueva localidad era la catedral. Sin embargo, al final se cancelaron varias bodas, así que pudieron celebrarla en San Lorenzo, como habían pensado desde el principio.

Asistieron 59 personas de los 120 que habían previsto al principio. Faltó gran parte de la familia de Francisco, que no pudo viajar desde Venezuela. También parte de la familia de Andrea, que vive en Suiza. “De todos modos, -dice Andrea- tuvimos mucha suerte. Porque pudimos estar con nuestros familiares más cercanos, y los que faltaron no vinieron porque no pudieron viajar, no porque ya no estén”.

Andre Senosiain: “Tuvimos mucha suerte porque pudimos celebrarla con nuestros familiares más cercanos”.

Aunque el proceso de ir renunciando a detalles que había imaginado fue duro, pudieron celebrar un banquete en Gorraiz. También hubo baile, con mascarilla, por supuesto.

Todavía queda pendiente otra celebración para los familiares que no pudieron estar. También esperan hacer el viaje de novios. Al principio pensaron en Singapur y Bali. Luego, al ver que la pandemia azotaba Asia, cambiaron a México. Al final se fueron unos días a San Sebastián. Pero esperan viajar a Bali, aunque no saben cuándo. “Yo ya no hago planes a futuro”, dice Andrea sonriendo.

Myriam y Tomás

Todavía queda les queda pendiente la luna de miel, aunque ya tienen el plan pensado: viajar a USA, ir a Las Vegas, recorrer la Ruta 66 y acabar en una playa en México.

Pasar de una celebración con 180 personas en Gorraiz a una comida con 35 tuvo muchas consecuencias. Una de ellas fue el precio: “Nos gastamos un tercio de lo que habíamos pensado”

Tomás Trigo hincó la rodilla en el suelo en agosto de 2019. “La derecha eh, la izquierda solo ante Dios”. Myriam Monente dijo que sí. Eligieron el 25 de julio de 2020 para celebrar la boda.

Myriam es de Barañain y trabaja de enfermera. Él es profesor de colegio. Aunque también tiene una faceta deportiva: fue portero con la Selección de Filipinas de fútbol (aunque esa es otra historia).

Después de cinco años de noviazgo, decidieron mantener la fecha fijada a pesar de la pandemia. Pero hubo que reducir el aforo. A la ceremonia religiosa pudieron asistir sus familiares más cercanos, y algún que otro “amigo del alma”. Les casó Don Tomás Trigo, el tío de Tomás, y otro sacerdote: don Alfonso Berlanga.

La celebración de después fue en el restaurante Alhambra. Eran treinta y cinco: familiares cercamos y no todos (Tomás tiene nueve hermanos). “Fue en Petit comité”. Aunque echaron de menos bailar, están muy contentos. A la pregunta de si repetirían, Tomas responde que ahora “saldría corriendo”. Bromas aparte, no dudan en que volverían a hacerlo.

Pasar de una celebración con 180 personas en Gorraiz a una comida con 35 tuvo muchas consecuencias. Una de ellas fue el precio: “nos gastamos un tercio de lo que habíamos pensado, aunque también es cierto que en las bodas la gente es generosa”. El periodista insinúa que esto es positivo, pero Tomás afirma que “lo positivo es que nos hemos casado”.

Todavía les queda pendiente la luna de miel. Había planeado un viaje de dos semanas por Estados Unidos. Llegar a Las Vegas, recorrer la Ruta 66 y acabar en la playa de México. Aquel viaje era imposible en verano, así que recorrieron España en coche. Empezaron en Galicia y terminaron en Andalucía. Pero esperan viajar a Estados Unidos más adelante.

También queda pendiente una celebración un poco más amplia, sobre todo para los familiares que no pudieron venir. Este verano, si todo va bien, celebrarán su aniversario con una misa y un banquete más concurrido que la del año pasado.

Ana y Teo

Todo el mundo entiende que la situación es especial, pero hasta quince días antes de la boda no podrán confirmar los invitados.

No perdáis la oportunidad de ligar escribiendo, a veces funciona”, aconseja Teo. Ahora se han comprometido. “Lo bueno de celebrar una vida en pandemia es que se perdona todo” afirma Ana.

Ana Gil de Pareja y Teodoro Peñarroja se conocieron en Pamplona. Ella estudió Filología Hispánica y Comunicación Audiovisual. Él Filosofía y Periodismo. No recuerdan el día que se conocieron: fueron amigos desde primero de carrera.

Ana explica que en tercero de carrera empezaron a ser más amigos, quedaban a solas, hablaban por WhatsApp… Hasta que un día Teo le propuso ir al cine. Ella le mandó un audio dejando clara su condición de amigos. Teo cuenta que en su piso de estudiantes había una lista negra: ese día Ana entró en la lista.

“Fui un poco mala, a mí me impuso mucho”. Pero el curso siguiente Teo se fue de intercambio a Chile y escribió un diario contando sus aventuras latinoamericanas. Ella lo leyó y se enamoró, así que cuando Teo volvió a España, fue ella la que dio el paso. “No perdáis la oportunidad de ligar escribiendo, a veces funciona”, aconseja Teo. Empezaron a salir al final de cuarto de carrera.

Ahora se han comprometido. “Para casarse -explica Teo- hay que poder y querer”. Ellos empezaron a trabajar en Pamplona. Podían, ¿pero querían? El 26 de julio es el santo de Ana, y Teo quería hacerle un regalo: se fue a Carlos III en busca de algún detalle, pero las tiendas estaban cerradas. “Yo tengo la mala costumbre de rezar y aproveché para ir a la adoración perpetua a San Ignacio”. Allí le vino muy fuerte la necesidad de tomar una decisión. Nada más salir de la Iglesia, pasó un autobús con un cartel enorme, que decía “Te casas”. “Es una tontería, pero me chocó mucho emocionalmente”. Paseó por el ensanche un rato largo, mirando los anillos expuestos en los escaparates de las joyerías. Hasta que tomó dos decisiones: casarse con Ana y acercarse a El Corte Inglés a por una toalla y un capazo (“así no se compra un anillo de matrimonio”, le dijo su conciencia). Pero la decisión estaba tomada.

A la vuelta de vacaciones, a finales de agosto, Teo entró en una joyería y le dijo al joyero: “Yo me quiero casar, pero no sé cómo se hace”. El joyero respondió: “Ahora los dos tenemos el mismo objetivo, que te diga que sí”. El cuatro de septiembre se fueron de excursión a Biarritz. Allí no era obligatoria la mascarilla. Comieron y dieron una vuelta por el faro. Teo le pidió a Ana que posara para una foto. A ella no le gusta que le saquen fotos, pero accedió. Teo abrió la funda de la cámara, pero no había cámara: sino una caja. Rodilla al suelo y sorpresa tremenda para Ana.

Se casan este verano. Aunque todavía quedan incógnitas. Por ejemplo, el viaje de novios. Dice Teo que “ahora mismo es más fácil irse a Punta Cana que a Salamanca”. Al principio pensaban ir a Francia, luego pensaron dar una vuelta por España. Pero han descubierto que más fácil irse a Costa Rica que moverse por la península. “De momento hay doce países que tienen las puertas abiertas para nosotros, la mayoría en el Caribe, aunque también están Somalia y Sudán del Sur…”, dice Teo.

Tampoco saben cuántas personas podrán asistir. Ellos han invitado a toda la gente que quisieran que estén. Todo el mundo entiende que la situación es especial. Pero hasta quince días antes de la boda no podrán confirmar los invitados. “Lo bueno de celebrar una vida en pandemia es que se perdona todo” afirma Ana.

Por último, preguntados si se han sentido incomprendidos por decidir casarse en pandemia con 25 años, Teo explica que “una ventaja de este siglo es el respeto total a la libertad de todos, que cada uno haga lo que le dé la gana”. Ana añade que “hay que seguir viviendo. Nos importa tanto que no queremos aplazarlo”.

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